La noche anterior al día de la dimisión de Óscar Puente, las encuestas que manejaba Moncloa daban al PSOE menos de 100 diputados (93/95). Incluso Tezanos. Esto desconcertó a Pedro Sánchez. Puente ya sabía, antes de su discurso en la Diputación Permanente, que su boss le pediría la renuncia. Es lo que también pedía a gritos el público encuestado, así que Sánchez, que no tiene amigos, le ordenó a su peón que se mandara a mudar. Y así lo hizo. En este momento se monta otra campaña, esta vez contra el periodista Eduardo Inda, que le está haciendo a la izquierdona mucha pupa en su periódico, OK Diario, y en Horizonte (La 4). La campaña, desde Moncloa, sostiene que el PP quería pagar, a través de Inda, un millón de euros a Koldo para que soltara mierda sobre Sánchez. Y que por medio estaba el abogado del Partido Popular. Es algo tan ridículo que delata que los argumentos se le están acabando a Sánchez. La campaña es malvada, pero también estéril, basada en la supuesta palabra de un delincuente como es el portero de discoteca Koldo García Izaguirre, uno de los del Peugeot de Sánchez, que no era un Peugeot sino un Mercedes. De aquí al 29 viviremos otras 25 campañas contra gente que molesta a Sánchez. Son campañas que duran apenas unos días, pero que se encadenan y sirven para intentar blanquear (que al final no blanquean nada) el régimen más corrupto de la democracia española. Sánchez tiene muchos asesores y a cada uno se le ocurre cada día una idea malvada. Los dirige Iván Redondo, quien, si le pagas, trabaja para ti. No conoce colores: es daltónico. Era enemigo de Sánchez, luego fue amigo, luego enemigo y ahora es amigo otra vez. Yo no sé cuánto estará cobrando ni quién le paga. Sólo sé que se ha hecho implantes de pelo porque no le gustaba ser calvo, que no salía en la tele y ahora sí y que hoy casi duerme en La Moncloa. Estos sí que son datos objetivos. Sánchez, un cadáver andante, famélico, desnortado, con los ojos resentidos de no dormir, vive sus últimas horas en la presidencia del Gobierno. Pero morirá matando porque tiene alguna esperanza de volver o de quedarse, sin tener en cuenta el hecho de que segundas partes nunca fueron buenas. Lo peor es el país que deja atrás el tipo. Durante la frustrada y caótica cumbre iberoamericana de Madrid, de escasa asistencia de líderes, se pegó al rey como una lapa. Como si se llevaran bien. O a lo mejor, sí, ¿quién sabe?



