Hay una ironía inaugural en este libro que ningún crítico debería dejar pasar: el hombre que ha dedicado años a rastrear los pasos de un navegante canario por los archivos de medio mundo se llama, literalmente, Marco Polo. Con semejante nombre, uno diría que Marco Polo Alonso (Gran Canaria, 1973) no eligió su vocación: la heredó como se hereda un mapa. Empresario, investigador, emigrante a la inversa —vive en Ghana desde 1999, mirando el Atlántico desde la otra orilla—, Alonso lleva años empeñado en una tarea que a mí me parece de las más necesarias de nuestra cultura insular: devolverle a Amaro Pargo su condición de personaje histórico antes de que el marketing termine de convertirlo en muñeco.
Tela Roja, su último libro, es la culminación natural de ese empeño: después de varios trabajos de investigación sobre el corsario lagunero, el autor da el salto al relato novelado. Y aquí es donde quiero detenerme, porque ese salto —del archivo a la ficción— es precisamente lo que algunos puristas le reprocharán y lo que yo vengo a defender.
El derecho a novelar lo documentado
Existe en cierta historiografía un reflejo condescendiente hacia la novela histórica, como si narrar fuera una forma de contaminar. Es un prejuicio que conviene jubilar. La historia de la literatura demuestra lo contrario: los personajes sobreviven cuando alguien los cuenta, no cuando alguien los cataloga. Galdós hizo más por la memoria del XIX español que cien legajos juntos, y el propio Amaro Pargo debe buena parte de su fama moderna no a los documentos sino a la leyenda de su tesoro.
Lo que distingue a Tela Roja de la fabulación gratuita es el suelo que pisa. El propio Alonso lo ha explicado con una honestidad que se agradece: casi todo lo que cuenta la novela está respaldado por documentos, y la ficción entra solo como argamasa, para enlazar los hechos y permitir que el lector se sumerja en ellos. Esa declaración de método me parece la manera correcta de hacer las cosas: ni la novela disfrazada de tesis ni la tesis avergonzada de novelar. Cuando el autor ha localizado, por ejemplo, la peripecia del navío San Luis —destrozado por el huracán que asoló Martinica en 1713, con Pargo a bordo salvando la vida mientras otros la perdían—, no necesita inventar dramas: le basta con contarlos. La realidad, bien investigada, suele escribir mejor que nosotros.
Ese naufragio, además, funciona en la novela como lo que los griegos llamarían peripecia: el hombre arruinado que pierde su barco recién comprado en Cádiz y se reinventa al servicio de la Corona, en la órbita del Asiento de Montesacro con que Felipe V soñó una gran compañía comercial española capaz de plantar cara a holandeses y británicos. Ahí hay una lección que trasciende al personaje: la historia de Canarias no es periférica; es la historia de un archipiélago sentado en la encrucijada exacta de los imperios.
Contra el pirata de cartón piedra
La segunda batalla que libra este libro, y que suscribo sin reservas, es la batalla contra el cliché. Nuestro imaginario del pirata está fabricado en Hollywood: el sanguinario de garfio y ron, la calavera, el desalmado. Alonso, tras años de archivo, dibuja otra cosa: un hombre de mar que prefería el ingenio, la sorpresa y la intimidación a la violencia; un corsario con patente que a ratos cruzó la delgadísima línea que lo separaba de la piratería —porque esa línea, en el siglo XVIII, era más diplomática que moral—; un creyente profundo vinculado al monasterio lagunero de Santa Catalina, donde profesaban tres de sus hermanas; un rico que invitaba a diario a mendigos a su mesa y que murió en su casa de la actual calle San Agustín acompañado por Cristóbal Linche, el sirviente y amigo mulato que regresó con él del Caribe y no se separó de su lado.
¿Idealización? Puede discutirse, y es sano que se discuta. Pero es una idealización con notas al pie, que es infinitamente más de lo que puede ofrecer el Amaro Pargo de camiseta y llavero. Entre la hagiografía documentada y el souvenir, me quedo con la primera: al menos obliga a leer.
Y hay hallazgos que justifican por sí solos la trayectoria del autor. El más asombroso: una nota manuscrita conservada en el Museo Sacro del monasterio que detalla el procedimiento para abrir el sarcófago de la Siervita, sor María de Jesús, e identifica a Pargo como custodio de una de las tres llaves necesarias. La nota la escribió una hermana del corsario, que convivió con la monja en clausura, y se refiere a él con dos palabras que valen un tratado de historia íntima: «mi hermano Amaro». Que un dato así aparezca ahora, tres siglos después, en un museo cerrado al público desde la pandemia, dice mucho sobre cuánto nos queda por saber y sobre el valor de quienes siguen buscando.
La deuda pendiente
Termino con la incomodidad, porque un artículo de opinión que no incomoda es publicidad. Mientras Tela Roja circula y su autor desentierra documentos desde Ghana, la casa de Amaro Pargo en Tenerife se cae a pedazos, al borde de la desaparición según se ha denunciado reiteradamente. Es la fotografía perfecta de nuestra esquizofrenia patrimonial: capaces de vender al corsario en cada tienda de aeropuerto e incapaces de apuntalar sus paredes. Si esta novela sirve para algo más que para el placer de leerla —que ya sería bastante—, ojalá sirva para eso: para recordarnos que los personajes no viven solo en los libros, y que de poco vale novelar una vida si dejamos que se derrumbe el escenario donde transcurrió.
Alonso ha tenido que soportar, según él mismo admite sin inmutarse, recelos y silencios de parte del gremio investigador. Es un peaje conocido: en las islas, como en todas partes, el que encuentra documentos molesta más que el que opina sin ellos. Su respuesta me parece la única digna: que hablen los papeles. Tela Roja es la prueba de que, cuando los papeles hablan por boca de un buen narrador, lo que dicen se escucha mucho más lejos.



