martes, 1 septiembre, 2026

Aquello que pudo ser

Hay amores que terminan. Otros ni siquiera empiezan. Y luego están aquellos que, por algún motivo que todavía no he conseguido entender, consiguen hacerte sufrir exactamente igual aunque no hayan llegado a ninguna parte.

Yo he tenido alguno de esos. No demasiados, porque tampoco quiero exagerar mis méritos sentimentales, pero los suficientes para haber descubierto que el amor es probablemente el único asunto en el que una persona inteligente puede comportarse como un completo imbécil y, además, hacerlo convencida de que está viviendo algo extraordinario.

Una vez estuve enamorado de una mujer con la que probablemente no debía estar enamorado. Esto es importante. Porque cuando uno está enamorado cree que todo tiene sentido. Incluso aquello que no lo tiene. Una llamada a las dos de la mañana parece una señal. Un mensaje que dice “qué haces” parece una declaración de intenciones. Un simple corazón amarillo puede convertirse en una tesis doctoral. Y si tarda tres horas en contestarte, empiezas a elaborar hipótesis. Que si estará trabajando. Que si estará ocupada. Que si habrá perdido el teléfono. Que si estará con otro. Y cuando finalmente responde: “Perdona, estaba duchándome”. Todo tu análisis sentimental se va a la mierda.

El problema es que yo siempre he sido bastante partidario de la intensidad. Quizá tenga algo que ver con la canción de autor. Me gusta. Me ha gustado siempre. Ese género musical en el que un hombre con una guitarra puede pasar cuatro minutos explicándote que una mujer le rompió el corazón en una estación de tren y tú terminas pensando que quizá la vida no tenga sentido. A mí me pones una canción de esas a la una de la mañana, con una copa delante y poca luz, y corro un peligro considerable. Puedo llegar a enamorarme de una mujer que ni siquiera conozco.

La canción de autor tiene esas cosas. Te hace creer que sufrir mucho demuestra que has amado mucho. Y yo, que siempre he desconfiado de la gente que dice que quiere una relación tranquila, tampoco puedo presumir de ser demasiado coherente. Yo también la quiero. Hasta que aparece alguien que me gusta. Entonces se acabó la tranquilidad. Porque cuando alguien te gusta empiezas a hacer cosas que, vistas desde fuera, parecen bastante poco razonables. Esperas mensajes. Interpretas silencios. Recuerdas conversaciones palabra por palabra. Y conviertes cualquier pequeño gesto en una prueba que confirma exactamente aquello que quieres creer.

Lo curioso es que durante un tiempo todo funciona. Cenas. Viajes. Besos. Conversaciones interminables. Noches que empiezan sin ninguna intención y terminan a una hora en la que ya no sabes si estás tomando una decisión sentimental o simplemente tienes sueño. Y entonces, justo cuando empiezas a pensar que quizá esta vez sí, llega una conversación que suele empezar con: “Tenemos que hablar”.

Esa frase ha destruido más felicidad que cualquier gobierno. Cuando alguien dice “tenemos que hablar”, automáticamente desaparecen el desayuno, el café y las ganas de vivir. Y entonces llega la explicación. Que no está preparada. Que necesita tiempo. Que te quiere muchísimo, pero… El “pero” es probablemente la palabra más peligrosa del idioma español. “Te quiero, pero…” Ahí ya sabes que estás muerto.

Después llega el desamor. Y los desamores tienen una fase muy parecida a las mudanzas. Primero intentas salvarlo todo. Luego empiezas a regalar cosas. Después descubres que tienes demasiados recuerdos. Y finalmente encuentras una camiseta suya en un cajón y no sabes si tirarla, guardarla o llamar a un notario para que certifique el hallazgo.

Yo he tenido objetos que han sobrevivido a relaciones enteras. Entradas de cine. Fotografías. Alguna carta. Una servilleta con un teléfono escrito que ya no sirve para nada, pero que durante años fui incapaz de tirar. No sé por qué hacemos eso. Guardamos pequeñas pruebas de que algo ocurrió. Como si necesitáramos demostrarle a alguien, incluso a nosotros mismos, que no nos lo inventamos. Que aquella persona estuvo allí. Que aquella noche existió. Que fuimos felices. O que, al menos, durante unas horas creímos serlo.

Y después pasa el tiempo. Eso es lo único que realmente funciona. No los consejos de los amigos. Ni las frases de autoayuda. Ni aquello de “hay muchos peces en el mar”, que siempre me ha parecido una comparación especialmente poco romántica. El tiempo. Un día te levantas y descubres que ya no miras el teléfono esperando un mensaje. Otro día escuchas aquella canción y no pasa nada. Y finalmente llega el momento más extraño de todos: recuerdas a esa persona y te preguntas cómo pudiste estar tan enamorado. No porque no fuera especial. Probablemente lo era. Sino porque tú ya no eres exactamente el mismo.

Y quizá eso sea lo más bonito de los amores que no pudieron ser. Que durante un tiempo nos convierten en alguien distinto. Más vulnerable. Más ridículo. Más valiente. A veces incluso más idiota. Pero también más vivo.

Por eso sigo creyendo, pese a todo, en el amor. Y en la canción de autor. Aunque ambas cosas tengan una peligrosa tendencia a dejarte despierto a las tres de la mañana mirando el techo.

Al final quizá la vida consista en eso. En querer a alguien. En perder a alguien. En volver a querer. Y, si hay suerte, en salir de todo ello con unas cuantas cicatrices, alguna buena historia que contar y la suficiente dignidad como para no escribirle a las cuatro de la mañana. Aunque, naturalmente, alguna vez se escribe. Somos humanos. No héroes.

Y una última cosa antes de cerrar. Quiero pedir disculpas a quien haya llegado hasta aquí esperando la dosis habitual de comedia, enredos absurdos o las miserias cotidianas que suelo documentar en La Mirilla. Ya sé que hoy me ha quedado una entrega sospechosamente melancólica, casi de cantautor con resaca. Prometo que no se repetirá. O al menos lo intentaré.

También pido perdón si a lo largo del texto a alguien le dio por recordar a un ex, repasar mensajes viejos de WhatsApp a las tres de la mañana o buscar en el fondo de un cajón esa entrada de cine que debería haber tirado en 2018. No era mi intención reabrir expedientes sentimentales que ya estaban archivados por prescripción médica.

Para la próxima edición volveremos a la programación habitual: desastres cotidianos, situaciones ridículas y la confirmación de que la vida adulta es un chiste sin remate.

Gracias por la paciencia. Y si esta noche sienten el impulso de escribirle a alguien a las cuatro de la mañana, apaguen el teléfono. Se lo dice un experto.

Moisés Castilla
Moisés Castillahttps://docemasuna.com/
Comunicador canario, director y cofundador de Página 13. Impulsor del periodismo independiente en las islas desde una perspectiva crítica y comprometida con la calidad editorial, apuesta por un proyecto que da voz a colaboradores de distintas disciplinas. Apasionado de la música, la cultura popular y el mundo del motor, firma en el diario las secciones «La Mirilla», «Música» y «Érase una vez», donde combina la información con una mirada personal y cercana.

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí

Información básica de protección de datos

Responsable: Moisés Castilla Melián.

Finalidad: publicar su comentario, sugerencia o valoración. 

Derechos: puede ejercitar su derecho de acceso, rectificación, supresión y otros, tal como aparece en la información ampliada que puede conocer visitando nuestra política de privacidad. https://pagina13.es/politica-de-privacidad/

Compártelo:

spot_imgspot_img

Popular

Otras noticias
Página 13

¿Sánchez, acorralado?

La pobre Ceuta servirá para rematar políticamente al sátrapa...

El rey (pasmado) y el sociópata

Para salvarse de la quema, Sánchez critica en su...

Canarias y los toros

Es muy común escuchar que en Canarias está prohibida...

Jairo Paule y Klaudia Pacsay reinan en Los Abrigos

El municipio pesquero de Los Abrigos volvió a vivir...